Reacción intuitiva. No sabemos qué van a hacer nuestro cuerpo y nuestra mente, simplemente los observamos expectantes. Incluso no los observamos, sinó que notamos su trabajo. A veces nos olvidamos de nuestro adversario y de nosotros mismos. Disfrutamos de la dinámica del movimiento, del movimiento único de nuestro adversario, de nosotros mismos y de todo lo que hay alrededor nuestro. Estamos lejos del lugar pero a la vez somos el lugar. Sentimos la calma, la belleza, la alegría.
Cuando paseamos absortos por el parque, cuando disfrutamos de la belleza que hay alrededor nuestro, no pensamos en nuestro cuerpo: las piernas caminan por sí solas, el corazón late por sí solo. Las manos cogen una hoja de la tierra, los ojos la disfrutan... Si tenemos frío, guardamos las manos en los bolsillos. No tenemos prisa, simplemente paseamos y descansamos. Sentimos tranquilidad y satisfacción; es como si estuviéramos en otro mundo.
Pero este mundo también es nuestro, está fuera y dentro. Nos sorprende su belleza, pero la sorpresa no altera la satisfacción: es lo que llamamos reacción intuitiva. No hay necesidad de dar la orden a los ojos de mirar y al corazón de latir, lo harán por sí solos. Nuestro cuerpo y nuestra mente se concentran en un punto y este punto incluye todo lo que nos rodea. No hay una división en nosotros y en lo que está alrededor; hay una unión. Hay una calma sin límite en la situación que cambia constantemente. Somos una gota de agua en este río sin la cual no estaría completo. El río fluye constantemente y a las gotas que forman parte de él no se les ocurre sentirse aisladas.
De repente esta sensación desaparece. Ahora sentimos nuestro propio yo. ¿Qué ha pasado? Hemos sentido el dolor. Nos ha entrado un golpe y la imagen ha cambiado drásticamente. Ahora no sentimos y no vemos nada más que nuestro adversario. Nuestra mente empieza a trabajar compulsivamente. Intentamos encontrar la manera de prevenir el dolor, queremos vengarnos. El equilibrio y la armonía se han roto. Ya no paseamos por el parque sino que corremos a casa sin distinguir el camino y destruyéndolo todo por el camino. La caída llegará sin remedio. La cara y las manos arañadas, la ropa sucia. La cara y las manos se curarán, limpiaremos el traje pero ya habremos perdido el equilibrio, no sentiremos la armonía, la alegría y la unidad. Al volver al parque y recordar lo que ha pasado, intentamos escoger lugares más limpios, evitaremos las ramas, los árboles, los charcos, los socavones. Y al final nos limitamos a pasear por los caminos asfaltados que hay en el parque.
En un momento determinado perdimos la reacción intuitiva y, como resultado, ocurrió un error en la valoración de la situación. Nuestro organismo como tal nunca se equivoca; el corazón no se equivoca en su funcionamiento. El error lo provoca la intervención de nuestra mente. Hemos pensado que estábamos en peligro y el corazón ha empezado a latir más deprisa. Hemos sentido miedo de los supuestos peligros que entraña un bosque oscuro y, en vez de un comportamiento natural, hemos empezado a correr. ¿Qué nos espera? A lo mejor no nos rompemos la cabeza (gracias al trabajo de nuestro propio organismo para dominar esta situación de histéria), pero es muy probable que todo acabe mal. No hubo peligro, pero si lo hubiera ¿disminuiríamos el peligro comportándonos de esta manera?
Puede pasar que al asustarnos nuestra consciencia deje de percibir y nuestro cuerpo, por fin, tendrá la posibilidad de encauzar la situación. En este caso, sin embargo, el nivel de riesgo es alto. Es más natural y más fácil eliminar aquello que nos inquieta por nosotros mismos. No hay que preocuparse por un falso peligro; pero si en realidad el peligro existe no nos limitamos simplemente a marcarlo sin enfocar todas nuestras fuerzas a eliminar este obstáculo. Tampoco hay que olvidar que puede haber más. Dejemos a trabajar libremente a nuestro cuerpo y a nuestra conciencia. El miedo no nos permite hacerlo; el miedo nos hace perder el control sobre nosotros mismos y nos llevará a la derrota.
¿Cómo podemos superar este miedo? ¿Cómo convencernos de que somos fuertes? Se propone combate lento, combate que no tiene como objetivo ganar, combate como un paseo por el parque. Los movimientos son lentos, fluidos, continuos. El combate es sostenido y se desarrolla en contacto con el adversario. Todo está sometido a un ritmo determinado, a nuestro propio ritmo y al ritmo de nuestro adversario (si éste desarrolla el combate de manera natural); aún en el caso de perder el contacto no perdemos este ritmo. Los movimientos son libres; empezamos a sentir la alegría y la calma. Dentro y fuera de nosotros suena música. La música de la fluidez sin límite y armonía. Si nuestros golpes llegan al adversario no perdemos la sensación de fluidez, libre de pensamientos, espíritu y cuerpo. Nada ha ocurrido, todo está como antes.
El combate lento es una etapa. Con tiempo trabajaremos más rápido. Lo más importante es no perder esta sensación y el ánimo. Pasará tiempo y independientemente del adversario seguiremos sintiendo esta calma. Nos hemos unido con el aire, no tenemos miedo a nada. Aunque nuestro adversario fuera muy fuerte y astuto, nada podría hacer al aire que lo rodea. Y cuánto más se esfuerce, más se alejará de la naturalidad. Empezará a ahogarse de su rabia y será vencido prácticamente sin nuestra participación. Y nosotros nos iremos, dejándolo a solas con su estupidez. Y si no nos podemos ir…
Una concentración tanto de nosotros mismos como del mundo exterior en el punto de enfoque de nuestro ataque provoca lesiones y hasta la muerte a nuestro adversario. Para nosotros es como un despertar repentino al ver un relámpago o oír un trueno. Ya no fluimos en nuestro sueño, sino que estamos encima de un adversario derrotado.
El practicante ha llegado a la escuela dispuesto a aprender. El primer proceso, es el de vaciar; en el sentido de quitar todos los malos hábitos e incorrecciones a fin de dejarle una buena base para el inicio.
"Llegó el campesino y vio aquel pedazo de finca. El terreno era abrupto y el suelo estaba lleno de broza y piedras que obstaculizaban el tránsito y dificultaban el cultivo. Sacó las piedras y arrancó la mala hierba. Luego alisó el terreno con tesón hasta dejar preparada la tierra para poder sembrar... "
El practicante empieza a ascender en su trayectoria del aprendizaje de los conocimientos. Se hace fuerte y empieza a moverse sólidamente. En su cotidianeidad empieza a afrontar los acontecimientos buscándoles la raíz y buscando también las distintas ramas de posibilidades y soluciones.
"Habiendo terminado la labor de preparación, plantó la semilla y pronto vio el primer brote del árbol. Con el paso de los días vio como iba creciendo poco a poco. Pero se dio cuenta que la tierra estaba seca y que el árbol crecía lento y no podría dar buen fruto..."
En este periodo el practicante comienza a fluir mucho más en su entorno, como el agua, trata de adaptarse a cualquier espacio y/o situación. Sus movimientos también reflejan más soltura y suavidad dejando la rigidez de la madera. Mentalmente deja de ser impermeable y la información que recibe actúa como el té en el agua, se disuelve y pasa a ser parte de él.
"Así que tomó el campesino un cubo de agua y lo acercó al árbol, empezó a regarlo y su color empezó a cambiar tal y como cambió también el agua al diluir en ella los minerales de la tierra y entregándoselos al árbol. Dejando de ser un trozo de madera seca. Sus ramas empezaron a brotar y ya no se partían con facilidad ante el viento o cualquier fuerza. Al contrario, absorbían ésta doblándose sin quebrarse. Ya estaba preparado para dar frutos y soportar el peso de éstos... "
El practicante ya ha madurado y ha asimilado bien los conocimientos recibidos. Empieza a mostrar su carácter y personalidad mostrándose como persona y artista marcial. No se asusta por cualquier cosa y reacciona con rapidez frente a los cambios, siendo espontáneo.
"Llegada la época de recolección, el campesino recogió los frutos. Luego podó el árbol y de sus grandes ramas decidió hacer leña para el invierno. Y así siguió dándole utilidad. Y con el fuego de esa leña pudo calentar a todos, guisar e iluminar en la oscuridad; y aquellos que no veían y estaban perdidos vieron la luz y la siguieron para ir a buen recaudo... "
En este punto el practicante está terminando un ciclo. Sus movimientos carecen de una intención precisa. Todo sale por reacción lógica y con una fluidez natural aún mayor que la del agua. Es capaz de llenar cualquier espacio sin que nadie quede perturbado por su presencia.
"Acabado el invierno, llegó la primavera, y aquel árbol volvió a florecer. El campesino vio que nacían otros árboles a su alrededor y observó que el polen de aquellas flores quedaba suspendido por el aire y que por mínima que fuera la brisa se esparcía casi imperceptible. Respiró hondo y quedó tranquilo, pues vio que su cosecha estaba prosperando e iba a proliferar. Entonces dio gracias a los elementos por ayudarle en su camino."
Dormía en mi habitación cuando unos maullidos insistentes conseguían despertarme. Aunque sonaban distantes y apagados, su rítmica persistencia me ponía nervioso y no conseguía volver a dormirme. Resignado, me levanté y salí al balcón, pero los maullidos no parecían venir de la calle.
Volví a entrar, atravesé la habitación y me fui hacia la puerta, pero ese gato no debía estar tampoco en la escalera, pues allí los maullidos sonaban más débiles. Estrañado, volví a acostarme, pegando una oreja al somier y tapándome la otra con la almohada. Aunque sumergido ahora en un mundo donde los ruidos deberían apagarse, los maullidos se oían aún más claros y cercanos..
Cuando me dí cuenta me levanté de golpe; bajo el somier, encima de un altar de piedra húmeda que parecía ser mi cama, estaba el cachorro, exhausto por las horas de aplastamiento y ahogo.
Lo cogí en mis manos, preguntándome como podía seguir vivo si sus costillas parecían molidas y sus pulmones aplastados, pero el pequeño cachorro seguía gritando con una energía sorprendente. Así, sosteniéndolo en mis manos, me embargó la sensación que el cachorro rebosaba de vida, transmitía vida, necesitaba y devoraba vida.

Seguía de pie, con el cachorro en las manos, sintiendo su calor, acariciando su escaso pelaje, mirándolo. No era una cría de gato; era una cría de tigre, un pequeño y precioso tigre blanco.
Cuando desperté, tenía este sueño clavado en mi cabeza, el pequeño tigre blanco y la sensación rebosante de vida que me transmitía. Ese mismo día habían nacido tres leones en un zoo alemán; lo que sorprendía gratamente a sus cuidadores es que los tres cachorros eran blancos.
Aunque no eran tigres, tenía la sensación que de alguna forma aquello y mi sueño estaban conectados, como si la notícia fuera la confirmación de lo que debía ocurrir.
Ya ha pasado un tiempo, y esa sensación aún sigue conmigo. Aunque primero fue un cachorro, luego creció y jugábamos como dos jovenes hermanos tigre, luego iba montado a su lomo, admirando el ir y venir de los músculos de su espalda mientras avanzaba seguro a través de la selva. Ahora él me acompaña siempre, y yo soy él y él es mi fuerza.